¿Cuándo se acaba el juego?

Imagina que estás intentando tener un hijo pero no puedes. Ahora imagina que no paran de preguntártelo ¿Te sentirías bien?

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Alicia lleva intentando quedarse embarazada desde hace tres años. Abortos, hormonas, depresiones y lamentos. Tratamientos sin fin que no llevan al destino deseado. Todo eso mezclado en su cabeza es una olla a presión con el pito a todo volumen. No hay nada ni nadie que pueda ayudar a que eso desaparezca de un plumazo, ni siquiera Jorge, su marido y al que más se aferra cuando vienen mal dadas, que es casi siempre.

Alicia quiere, pero no puede. Y la vida le recuerda a cada paso que tiene que poder, porque si no, mujer, ¿no te das cuenta de que eres una hembra incompleta que no puede procrear cuando le toca? ¿No te das cuenta de que serás infeliz toda tu vida?

A menudo juzgamos a las personas, opinamos, preguntamos y creemos que tenemos el derecho de hacerlo porque no hay nada malo en una simple pregunta. “¿Y qué, cuándo os casáis?” No paraban de preguntarme eso a mí y a mi ya marido apenas unos meses antes de que un cura nos declarara esposo y esposa. Qué sinrazón en la palabra y cuánto dolor en la duda.

Y antes de esa pregunta inútil vinieron muchas más. “¿Cuándo te echas novio, que te vas a quedar soltera y nadie va a querer a una soltera?”. “¿Por qué te pintas los labios así?”. “¿Qué te has puesto?”. “¿Por qué llevas el pelo así?”. Y la última que se está repitiendo mucho y que más me está cabreando: “¿Qué, para cuándo el hijo? Que ya estáis tardando…”. Pues mire, señora, el hijo para cuando me salga del chimbi.

A veces nos metemos tanto en la vida de los demás que no nos paramos a pensar en su dolor. Imaginad a Alicia sometida a esa pregunta, tan relativa como cruel, aguantando el tipo ante su interlocutor que no se ha planteado lo que hay dentro de su cabeza, de su pasado y de su vida. No somos conscientes del daño que hacemos formulando esa pregunta que apenas nos interesa. La hacemos porque es un convencionalismo, porque no sabemos de qué hablar. Porque parece que la vida es un juego en el que hay que pasar pantallas. Ahora estoy en la del primer año de casados. En breve me preguntarán que si no lo estamos intentando lo suficiente, o qué.

Estoy harta de repetir en cada reunión con gente que no veo desde hace tiempo que no, que no estoy embarazada, que estoy más gorda, que es michelín, que como mucho porque me gusta. Y acto seguido me pido una cerveza o un vino, para confirmar lo dicho y que el tema de conversación no vuelva a salir más.

Pero imagino a Alicia, su depresión y sus pensamientos. Imagino que su infelicidad, esa que nadie quiere y que sin embargo acecha, está detrás de la puerta de cada uno y nos llamará tarde o temprano. Porque no sabemos quiénes somos ni adónde vamos. No sabemos qué engendraremos, ni siquiera sabemos si podemos engendrar. Vivamos y dejemos a los demás en paz. La vida no es un juego que nos tengamos que pasar. No hay niveles, sólo días que se van.

Yo también soy Hannah Horvarth

Girls es una serie estupendísima de la HBO. Se emite en Estados Unidos la noche de los domingos y en España la emite Canal+ al día siguiente. Trata sobre un grupo de cuatro chicas jóvenes con problemas mundanos en su paso de la adolescencia a la madurez y en su búsqueda por esa felicidad que todos ansiamos. Cada temporada es una delicia. Quizá la primera -que critiqué hasta quedarme a gusto- es la más floja de todas. Pero ésta última, Lena Dunham -su creadora y protagonista- se está marcando un temporadón de los que hacen época. Leer más “Yo también soy Hannah Horvarth”

50 sombras de Grey; 50 bostezos de Pato

Confieso que no me he leído los libros. Al menos así podéis seguir queriéndome. No soy de best sellers, mucho menos de ese tipo de obras, totalmente respetables, que no aportan nada a la literatura salvo cientos de miles de dólares en el bolsillo de unos cuantos afortunados. Y después de este zasca, voy al grano: en la noche del viernes reuní a siete amigas en casa para ver 50 sombras de Grey. Sí, me la descargué porque me recomendaron que no pagara por “esa mierda de película”. “Jolín”, pensé, “no será tan mala cuando por lo menos echan unos kikis salvajes en la peli”.

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