¿Pero qué necesidad tengo yo de ir al gimnasio?

Hablaba con mi amiga Cris el lunes por la noche sobre nuestros cuerpos hermosos a los casi 30 años que tenemos encima. Me decía que últimamente sale a correr, prueba el crossfit y sigue yendo a sus clases de padel. Pero claro, mi amiga se está poniendo cachas (y yo no) y no está siguiendo una rutina digamos buena para eliminar cualquier resto de patata frita de su dieta. Yo le decía que sí, que estoy yendo al gimnasio y a bikram yoga y todo lo que tú quieras, pero que todas las semanas caen una o dos bolsas de Fritos, mi nuevo amante bandido. Mi rutina más asentada es comprar la bolsa de Fritos pertinente (la grande) y comérmela con uno, dos o tres capítulos de mis series favoritas.

Así que me encuentro hoy sentada en la bici del gimnasio al lado de dos abueletes sudorosos que luchaban por no sufrir un infarto. Y me preguntaba a mi misma: ¿pero qué coño hago yo aquí sentada si lo que me apetece es estar en mi casa?

Y luego no sé qué vídeo he visto en el móvil (sin dejar de pedalear, eh) sobre el esfuerzo y tal. Y yo pensaba: ¿cómo hacía yo antes cuando jugaba Campeonatos de España y esas mierdas, para activarme y no ser tan vaga? Bueno, algunas dirán que siempre he sido vaga y mi buen hacer en las pistas me salía innato. Era talentosa, que dice otra amiga. La única respuesta que he encontrado a mi apatía es esta: no soy parte de nada.

En un gimnasio eres un numerito, un ser humano más que se inscribe en septiembre o enero y que lucha por bajar el michelín con más pena que gloria y que nunca lo consigue. Dinero. Punto. No formas parte de los logros, no ayudas, no te ayudan. No buscas los mismos objetivos, en definitiva.

Y luego estaba la monitora de abdominales, con más michelines que el muñeco del anuncio. Y entonces pienso. ¿pero… o sea, qué? En todos los gimnasios a los que he ido los monitores solían estar cachas. Esta tía estaba gordi-prieta y ES MONITORA DE GIMNASIO, oiga.

Y yo, que tengo tres michelines que me llevan acompañando toda la vida, en más o menos proporción, pensando (y sufriendo) que tengo que ir más al gimnasio porque lo pago. Recordad ese maravilloso capítulo de Friends en el que Ross y Chandler intentan darse de baja de un gimnasio.

Así que mientras llegaba al sexto kilómetro de pedaleo pues he decidido que este va a ser mi último mes en el gimnasio. Un lugar al que decidí acudir para evitar los atascos y que ha conseguido ser mi atasco mental. Au revoir.

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