El becario, eterno desempleado del amor

Erase una vez una joven estudiante que buscaba labrarse un futuro con honestidad y dignidad, con la clara finalidad de alcanzar el sueño que durante tantos años anhelaba. Un futuro que comenzaba por realizar prácticas, unas prácticas que, con el tiempo, iban a proporcionarle una salida profesional en la autovía que conducía a su sueño. Erase una vez una joven que nunca podrá conseguir su deseo y se tendrá que conformar con lo que hay. Tendrá que formar parte de la llamada generación perdida, esa que trabaja por sueldos de menos de 1.000 euros y que tendrá que vivir pegada a sus padres como mochuelo a su olivo, o como dicen los vecinos franceses “Chacun chez soi, et les vaches seront bien gardées”.

Un libro al azar de la estantería. Curiosamente (mentira) se llama “¿Generación perdida? Desmontando ideas sobre los jóvenes”. Su reverso reza así: Si tienes entre 25 y 35 años, seguro que has pasado muchos años matriculado en centros diversos. Eres una persona conformista. Sin valores. Comodona, incluso, vaga. Puede, además que lo único que ‘te mole’ sea pensar, desde el sillón de casa de tus padres, en lo que harás el próximo fin de semana”.


Durante los últimos años, y más concretamente desde aquel fatídico 2008 en el que comenzó toda esta crisis económica que nos está socavando la moral y a partir del cual ya no nos acordamos de lo que era la vida anterior, muchos han escrito sobre lo dura que era (y es) la vida del becario, sobre las miserias que tenían que pasar (y pasan) los pobrecitos en las oficinas de España, sobre lo perdida que estaba esta generación. ¿De verdad son los jóvenes los únicos que están coléricos en este país? ¿De verdad son estos jóvenes los que tienen que sacar adelante este país, con jefes que no valoran una pizca los esfuerzos, los títulos universitarios (esos títulos que tanto se encargaron de recordar durante 6 años de la valía que supondría tenerlos) o que ni siquiera son capaces de ponerse en la piel del prójimo? Esa piel que ya nadie toca porque desde que la crisis es crisis y sucumbe nuestra maltrecha y huérfana economía, las relaciones entre los descendientes de Adán y Eva han disminuido. Y no por falta de ganas, sino por falta de espacio.
Esos son los jóvenes que no salían bien parados en los titulares de las noticias. A los que la sociedad en general, y los políticos en particular, despreciaban por el simple hecho de no tener nada que hacer. Pero, ¿Es su culpa? Durante los años que se destinan a los estudios universitarios, los estudiantes son autores de las más laboriosas estratagemas para poder realizar unas prácticas en cualquier despacho de abogados, por poner un ejemplo. Despacho de abogados que como la caja tonta se ha encargado de enseñar, es el típico lugar al que vas a fornicar con los jefes, compañeros y hasta personal de limpieza. A lo Ally McBeal, así, a lo loco.

Sirva de demostración, el siguiente caso: los estudios universitarios en Derecho, en cierta universidad de la ilustre capital del reino, contemplan la obligación de perder el tiempo durante un mes en una empresa no elegida al azar por el alumno. Para ello se tiene que abonar la nada desdeñable cifra de 140 euros (de los que no verá recompensado ni un céntimo) por esos créditos que son obligatorios para poder finiquitar la etapa más bonita de tu vida, dicen. Hasta ahí todo debería de ser correcto pues esa puesta en práctica es una forma de sentar las bases de los conocimientos adquiridos durante los años de estudio. Tras el pago, llega el primer día de los 31 que el alumno o la alumna (por no faltar a la memoria de doña Bibiana Aído) tendrá que pasar en la empresa que ha accedido a “enseñarle”. Y ya sabemos todos que el primer día en un nuevo puesto de trabajo es, si quieren así llamarlo, una “fieztha”, recordando al entrañable joven aparato en boca que se avergüenza de su condición metalúrgica.
Aparte de situarse en su ordenador, saludar a las “Tres Marías” remilgadas que van a hacerle compañía y tomar unos cafés con el jefe, el primer día no hace otra cosa que poner en práctica sus habilidades sociales adquiridas en las fiestas universitarias, porque, y no vamos a negarlo, “haberlas haylas”. Y también le da tiempo a pensar que su jefe no es feo del todo, que tiene un pase y que, quizá, pueda conquistarle y, así, conseguir un puesto en la empresa. Porque no nos engañemos, todo el mundo quiere emular a los y las protagonistas de sus series preferidas de la primera juventud. Lo que se dice una edad del pavo madura.

El segundo día espera que pase algo más interesante. Que está en una gran empresa y espera empezar a tomar cartas en el asunto. Porque eso es lo que le enseñaron en la Universidad. Le dijeron que “ahí fuera”, en el mundo laboral, va a ser difícil encontrar un puesto, pero que una vez lo alcance, va a triunfar como la Coca-cola. Pues ella ya lo había encontrado y tenía ganas de aprender. Pero nada, allí nadie le hace caso, nadie la mira y lo que más hiere su orgullo es que nadie se percata de su escote. Lo que no sabía es que aun enseñándolo por doquier, había pagado 140 euros porque alguien le tuviera sentada en una silla desperdiciando su oportunidad de aprender. ¡Ay, qué ilusos estos jóvenes que se creen que van a comerse el mundo! La inapelable realidad se sienta frente a ella de forma pasmosa: tener que pagar para no hacer nada no es un lujo que pueda permitirse esa humilde integrante del club de la “Generación perdida”. Y a la larga será una lacra para la sociedad, que verá como esa generación emigre como Nino Bravo, sin besos ni flores porque estarán tan caros que no se los podrán permitir.

Y así durante
los 31 días que duró esa beca: vuelta a casa en peor situación, con menos 140 euros y con el mismo conocimiento con el que había entrado, sin aprender, no porque ella no quisiera, no indagara o no pidiera, por favor y casi de rodillas, que le dieran trabajo, que estaba allí para echar una mano. Pero lo único que encontró fueron puertas cerradas y a las “Tres Marías” remilgadas que, por verla joven, le evitaban todo tipo de trabajo, “pobrecita, no se fuera a cansar”. Esto no es un caso aislado. No es la primera, ni la segunda, ni la decimoquinta vez que una empresa le niega el aprendizaje a una alumna o alumno. ¿Poner a una persona a leer documentación anticuada es una manera de aprender? ¿No ha tenido suficiente el alumno durante sus años de estudio para leer y leer más y más apuntes? ¿Qué es lo que falla? ¿Las ganas de la joven de aprender o las ganas del profesional de enseñar?
Si logra que esa experiencia no merme sus ganas de seguir aprendiendo, nuestra o nuestro protagonista o protagonisto, estima que, durante su segunda carrera, lo más idóneo es compatibilizar los estudios con algunos trabajos enfocados a lo que se quiere dedicar en un futuro. Porque lo de camarero, niñera y dependiente ya son trabajos que cree que debe ignorar porque ya no los necesita, (ignorando ese cruel final, ay pájaro). Así que lanza currículos por doquier a ver si alguno lo caza una gran empresa que le quiera enseñar de lo lindo (otra vez, esperanzas, vanas esperanzas). Y como tiene la gran suerte de formar parte de esa genial generación perdida, cree que un “sueldo” de 300 euros en una empresa llena de mujeres es lo que necesita para aprender su profesión. Esa profesión en la que sus padres se han dejado media vida en ahorros y por la que comienza a pensar que ya no es merecedora de tanto sacrificio. Y que, como la mayoría de los magnates de este mundo globalizado empezaron sus imperios de la nada, con padres albañiles y madres costureras, pues coño, lo tiene a huevo para ser como ellos. Pero ocurre, que tiene la mala suerte de empezar a asomar la cabeza en el “mundo laboral” cuando su país comienza a sufrir las primeras consecuencias de la crisis económica que tanto unos se empeñaron en negar y que tanto otros se empeñan en no arreglar (pero ese es otro cantar).

Pero volvamos al libro


No descubrimos América si decimos que los jóvenes de ahora somos la generación más preparada de la historia, con más carreras, másteres, idiomas, prácticas y vete tú a saber qué cosas más. Pero también somos la generación que menos hace el amor, copula o como se quiera adornar el acto de cohabitar en cama. Porque no tenemos casa. ¿Y por qué no tenemos casa? Porque no hay trabajo. ¿Y por qué no hay trabajo? Ah, esa respuesta tan poco importante la tienen los sesudos gobernantes de la generación de nuestros padres que apenas estaban preparados pero que cobran lo que nunca nosotros veremos juntando las vidas de tres personas.

Pero seamos serios. En 1993 –afirma el libro- el diario El País publicaba un artículo en el que señalaba que el “70% de los jóvenes vivía con sus padres por comodidad”. “Podría vivir solo y privarme de muchas cosas, pero no quiero”, eran algunas de las perlas de los protagonistas del artículo. En 2010 el mismo periódico publicaba otro artículo pero desde otro punto de vista, desde el punto de vista del joven que se quiere ir de casa por eso de tener algo de intimidad. O como se dice en cristiano: para no tener que mentir a sus padres una y otra vez de que el asiento del coche está tan echado hacia delante porque atrás iba una persona muy grande. Vamos, que quiere ir abandonando el descampado para poder tener su propia intimidad hogareña. Pero el principal dato en el que pone énfasis el libro es que en 1990 la tasa de emancipación era del 18% y en 2008 del 20%. He aquí otra pregunta: ¿Por qué somos la generación perdida si tenemos una alta tasa de emancipación? ¿Los que se emanciparon en 1990 tienen la suficiente autoridad para calificarnos como tal? No lo sé, pero lo cierto es que tenían la posibilidad de cohabitar más a menudo.

Pisos de 35 metros

Y lo hacían por una sencilla razón: aunque la tasa de emancipación de los años 90 era ligeramente inferior a la que hubo en 2010, también éramos menos personitas las que poblábamos el país del Sol (naciente no, que para eso está China). En consecuencia, esas pocas personas que tenían la suerte de tener un trabajo huían ávidas de amor y pasión y encontraban un lugar para retozar con sus parejas, en los famosos pisos de 35 metros cuadrados que la ministra de Vivienda, María Antonia Trujillo, se encargó de promocionar como si fueran los pisos de Marina D’or.

Corría el año 2007 cuando el Gobierno de Zapatero se prodigaba en actos en los que se jactaba de su buen hacer en torno al artículo 47 de la Constitución Española, que como todos sabéis, dice así: “Todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada”. Era la época en la que los jóvenes mejor preparados de la historia mirábamos con ojos de corderito degollado a los demás estudiantes que terminaban la carrera. Pensábamos que “qué suerte tienen que van a encontrar trabajo en cuando acaben, que van a tener una casa donde poder cubrirse de gloria con sus parejas y dejar de lado el coche en el descampado”. “Infame turba de nocturnas aves”, que diría Góngora.

Y así era, en 2007. Pero cinco años después, los pisos de 35 metros cuadrados que María Antonia Trujillo prometió están vacíos. Y no por falta de ganas, sino por falta de dinero. Porque los socios del club de la Generación Perdida que tienen la suerte de trabajar acaban el mes en 0 euros y no pueden permitirse los lujos que en 2007 parecían alcanzables.
Y eso quien tiene la suerte de trabajar. Quien no la tiene se dedica a vagar por academias que ofrecen cursos de formación a desempleados durante tres, seis o nueve meses tras los cuales se espera conseguir un trabajo. Pero la cruda realidad es que esos cursos de formación (con perdón de las academias que los imparten con profesionalidad) no sirven para nada más que para suspender durante ese tiempo la demanda de empleo y dejar de engrosar la lista de parados españoles, que debe andar ya muy cerca del limbo laboral.

Poca pintura entre tanto cuadro, que se dice. Porque mientras haya personas con sueldos desorbitados intentando poner fin a lo que ellos llaman “un desastre del gobierno anterior”, “rasgándose las vestiduras” por no encontrar la solución a los problemas laborales en lugar de bajarse sus sueldos astronómicos, los jóvenes (y no tan jóvenes) becarios siguen sin atajar su problema: el sexo. Casto, puro y bello sexo, que todo el mundo practica pero nadie comenta. Y ahí es donde algunos, por no decir la inmensa mayoría de los españoles, necesita clases de preparación, en algunos casos duraderas más allá de los nueve meses. Y así, podríamos decir, con total seguridad, que somos la generación mejor preparada de la historia.

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2 comentarios en “El becario, eterno desempleado del amor

  1. Buena radiografía de la juventud española, pero echo de menos algo más de “pechotes” y “penes de goma”… al estilo “Mi Gris es azul” 😀

  2. Totalmente cierto. Las prácticas en empresas no sirven absolutamente para nada, tan solo para alimentar el ego de los que se supone deben acompañarte y que como dices, se van a tomar el café con el jefe. Lo mejor que puede hacer alguien con sus conocimientos adquiridos es, ponerlos en práctica convirtiéndose en jefe.
    “Nunca esperes nada de nadie si no quieres salir defraudado”.

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