La vida de una becaria

Hace 13 días comencé en el mundillo del periodismo por segundo verano consecutivo. Venía con ganas, con la fuerza de un ciclón para llevarme a quien fuera por delante con tal de hacer que mis noticias interesaran a la gente. Tenía la ilusión de un niño cuando le regalan su primer juguete y rompe a llorar porque no sabe cómo utilizarlo. Sólo son los nervios, me decía a mi misma, asegurándome de que mi experiencia como becaria (que ya va siendo calculable) me facilitaría mucho las cosas para escurrirme por los entresijos de la profesión. Creía que, al entrar me encontraría con personas serias, correctas y profesionales que me explicarían el modo en ejecutar de forma correcta y positiva mis labores. Desde esta humilde silla, en la que me paso siete horas sentada, puedo decir que mis expectativas fueron totalmente infundadas.

Las personas son serias, correctas y profesionales pero me falta algo. Me falta la emoción y la adrenalina que produce ir a una rueda de prensa en la que no sabes lo que te vas a encontrar; me falta ir de fiesta con regatistas, ir a catas de vinos en pueblos expectaculares; me falta entrevistar a personas que hacen que se te pongan los pelos de punta por su ímpetu y el esfuerzo con el que demuestran cada día que se pueden superar todas las barreras si uno se lo propone. La idea de periodista que me formé el año pasado se ha quedado en la memoria, con un sabor agridulce pero que nunca borraré porque la gente mallorquina, por mucho que haya criticado su forma de trabajar, me enseñó que tenía que sacarme las habichuelas por mi misma, que me tenía que meter en una jaula de leones y salir viva, porque sólo así podría hacerme nu hueco en esta profesión que tan mal está ahora. Me enseñaron que las procesiones (perdónenme los defensores del catolicismo a ultranza) por muy coñazo que sean, siempre puedes sacar el lado positivo; que perseguir a un famoso puede resultar, cuanto menos, anecdótico y que, si de verdad amas esta profesión, nunca te romperá el corazón, siempre tendrá algo bueno a la vuelta de la esquina.

Espero que, en este momento y en este lugar, me dejen ser yo misma, me dejen pelear con uñas y dientes para ofrecer un buen trabajo con el que mis jefes se sientan orgullosos por tenerme allí y no ser una simple becaria que pasa tres meses en una redacción y que apenas se oye su nombre. Pues no señores, esa no voy a ser yo porque me lo he currado, he luchado durante mucho tiempo para hacer lo que de verdad me gusta y me apasiona, aunque me tenga que comer todas las mierdas habidas y por haber.

Alguien me enseñó que si amas algo debes perseguirlo con todas tus fuerzas y que nunca hay que perder la ilusión por muy negras que se te pongan las cosas. Así que amigos míos, espero que algún día leáis cosas mías y se os pongan “los pelos como escarpias” tanto como a mi se me ponen al escribirlas.

Todo llegará, es cuestión de tiempo y saber esperar con paciencia.

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